
(Salmo 42:1-5 NBLA)
Varios manuscritos hebreos conservan los Salmos 42 y 43 como uno solo. El estribillo que aparece en ambos salmos (Sal 42:5, 11; 43:5) constituye la señal más clara de su unidad; asimismo, comparten vocabulario y temas comunes. Por lo tanto, trataremos el texto como un único salmo. Es la oración de un individuo en crisis, una plegaria dividida en tres partes, delimitadas por dicho estribillo. Este estribillo adopta la forma de un diálogo consigo mismo, sirviendo así como medio para expresar el impacto de la crisis que está viviendo y para señalar el camino hacia una nueva orientación vital. Las distintas partes van desde la queja hasta la petición, culminando en una conclusión esperanzadora. El contexto o trasfondo podría ser una enfermedad o, tal vez, el exilio lejos del espacio sagrado y vivificante del Templo.
El salmo comienza con la impactante imagen de un ciervo sediento de agua que llega al lecho de un arroyo, seco y cubierto únicamente de arena. El ciervo clama con una sed angustiosa. Del mismo modo que el agua es necesaria para la vida (y la necesidad del ciervo es urgente), así también Dios es necesario para la vida. Así de urgente es la necesidad que el salmista siente por la presencia de Dios. Así como el agua de un arroyo sustenta físicamente a un ciervo, del mismo modo Dios mismo sustenta espiritualmente a las personas (Juan 4:14). El salmista tenía sed de Dios. Aún no podía obtener el refrigerio que necesitaba, pero aguardaba con expectación encontrarlo pronto. El salmista sufre a manos de enemigos que lo atormentan.
Anhela a Dios, a quien espera con confianza poder alabar en el futuro, cuando el Señor lo libre. En lugar de beber de Dios, tuvo que beber el agua de sus propias lágrimas. Dios no estaba supliendo sus necesidades en ese preciso momento. El escritor recordaba con gran deleite los tiempos en que hallaba refrigerio espiritual en el santuario de Jerusalén, pero aún no podía regresar allí.
El término traducido como «alma» en los versículos 1 y 2 se interpretaría mejor como «el yo» o «la persona». Es el mismo término que se emplea en el estribillo del salmo, dentro del diálogo que el salmista mantiene consigo mismo (y también en Sal 42:4, 6). Esta repetición de términos constituye uno de los recursos que dan cohesión al salmo. El versículo 2 sugiere que el salmista anhela el «rostro de Dios», lo cual evoca la adoración en el templo de Sion, lugar privilegiado de la presencia —o del semblante— divinos. Este anhelo se dirige hacia la presencia vivificante de Dios.
En contraste con dicha esperanza, se alza un presente caracterizado por las lágrimas. En lugar de beber el agua refrescante de la adoración, el salmista derrama el «agua» de sus lágrimas. Las lágrimas son un lenguaje que Dios entiende muy bien. Podemos preguntarnos si el salmista habrá cometido algún acto que provocara la crisis y la consiguiente experiencia de ausencia divina. A medida que fluyen las lágrimas —y que el salmista comienza a «derramar su alma»—, brotan también los recuerdos: él trae a la memoria las procesiones pasadas hacia el templo, donde ofrecía alabanzas y acciones de gracias a Dios en medio de la congregación. El contraste entre el ayer y el hoy (entre aquellos tiempos de dicha y alegría y el actual desierto espiritual) agudiza la crisis y da paso al primer estribillo (Sal 42:5). En este diálogo interior, el orador se interpela a sí mismo: «¿Por qué te hallas tan turbado y tan abatido?». Dicho diálogo sugiere una lucha interna entre la angustia del presente y la esperanza vislumbrada en l
a alabanza a Dios durante la adoración; una esperanza que podría hallarse en la peregrinación a Sion para rendir culto. Esta primera sección del salmo deja patente que la presencia de Dios es la que hace posible la vida, y articula con gran fuerza el anhelo de hallar dicha presencia en el acto de adoración.
El salmista se animaba a sí mismo retóricamente, recordándose que volvería a alabar a Dios. Necesitaba seguir esperando en Dios hasta que llegara ese momento. Indagar la causa de nuestra aflicción suele ser la mejor cirugía para el dolor. La ignorancia de uno mismo no es dicha; en este caso, es miseria. La niebla de la ignorancia magnifica las causas de nuestra alarma; una visión más clara hará que los monstruos se reduzcan a meras insignificancias.
Casi sin excepción, un llamado a recordar es, al mismo tiempo, un llamado a la acción. La memoria nunca es pasiva, sino que exige una respuesta activa a aquello que se recuerda. Recordar a Jehová significa cimentar la propia vida en Él y sobre Él, y, por consiguiente, derivar todas las decisiones y acciones de la vida de ese fundamento.
Este salmo, al igual que varios otros del Libro I (Salmos 1-41), emplea un lenguaje sumamente figurado que podría aplicarse a una amplia diversidad de situaciones vitales. ¿Por cuál estás atravesando hoy? Recuerda y has tuyas las palabras del salmista: “¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarlo otra vez por la salvación de su presencia”. Dialoga contigo mismo y aplica la bendita Palabra de Dios a tu vida. Dios y su Palabra saciarán la sed de tu alma. (FRE).

El Dr. Floriano Ramos Esponda, mexicano, es Lic. en Biología, y graduado en Teología de SETECA (Gt.), Southeastern Baptist (CN), Midwestern Baptist (Kansas). Ha sido pastor y profesor de Teología en México, fundador y director del Ministerio Misional y simple.














