El Himno Cristiano, Tras Escribirse La Biblia

Alaben el nombre del Señor, porque sólo su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra y cielos … alábenlo todos sus santos … el pueblo a Él cercano.

(Sal. 148:13. 14b)

En la era cristiana, posterior a los apóstoles, los himnos se introdujeron en las ceremonias religiosas. De esta música se sabe muy poco, debido a que gran parte de la misma, no se escribía, sino que se transmitía principalmente oral de generación en generación.

De igual forma se desconocen como fueron las melodías o ritmos de la música de las comunidades cristianas en los primeros siglos, aunque se piensa que las piezas consistían en sencillas melodías que acompañaban oraciones y plegarias a Dios.

En el siglo IV, Ambrosio de Milán y autor de numerosos himnos, es considerado el autor de la salmodia antífona, basada en la alternancia de dos coros, uno de hombres y otro de mujeres y niños. Esta música era monódica y sin ningún tipo de acompañamiento instrumental. El ritmo del canto estaba determinado por el texto, sin existir un ritmo determinado o escrito independientemente para su melodía.

A finales del siglo VI, el papa Gregorio I, introdujo importantes modificaciones en la música eclesiástica utilizada hasta ese momento para la liturgia del rito romano. El canto era llano, simple, monódico y con una música supeditada al texto. El canto gregoriano se mantuvo vigente hasta la aparición de la polifonía, la cual se caracteriza por la utilización de varias voces que se entrelazan en diferentes melodías simultáneas.

La música cristiana hasta entonces, tenía su origen en las sinagogas judías, por lo que fue, al principio, exclusivamente vocal, sin la utilización de instrumentos musicales y con predominio del idioma griego.

Durante la Reforma Protestante, Martín Lutero rompió las estrictas normas litúrgicas relacionadas con la música, afirmando que “la música era un regalo de Dios” y como tal debía ser accesible a todo el mundo. El canto en latín fue sustituido por el alemán cotidiano, convirtiéndose en un distintivo de las iglesias protestantes.

En cierto modo, Lutero no sólo promocionó la música por razones de fe, sino por el poder que infundía el mensaje del evangelio. Además, Lutero promovió e impulsó la colección de himnos, agrupándolos, en lo que se pude decir, fueron los primeros himnarios.

Posteriormente y con mayor énfasis en las colonias británicas en el nuevo mundo, en los siglos XVIII, XIX y principios del siglo XX, en lo que llegó a ser los Estados Unidos de América, la edición de himnarios tuvo un impulso formidable por la enorme producción de himnos escritos y musicalizados por hombres y mujeres que Dios levantó para impulsar el mensaje de Cristo a lo largo y ancho del planeta.

En el mundo hispano, las iglesias evangélicas han heredado la riqueza de la himnodia norteamericana, gracias al esfuerzo de excelentes traductores, cuyo talento ha contribuido para que, hasta en la época actual, se siga usando este legado musical inigualable. A mediados del siglo XX, esta himnología fue enriquecida por una oleada de preciosos himnos que autores hispanos pusieron al servicio del culto evangélico.

Finalmente, y parafraseando al músico por excelencia, el rey David, se anima a las iglesias en general a que “Lleguemos ante la presencia del Señor con alabanza; que lo aclamemos con cánticos y que su alabanza esté de continuo en nuestra boca”. Amén.